Lo que en ese momento defendí y ahora, un año después, me he vuelto a plantear es el sistema electoral necesita un cambio. Este puede radicar en el cambio del órgano que establece la ponderación de los votos, actualmente el Consejo de Gobierno. Una alternativa sería el Claustro Universitario con una mayor participación del alumnado. Pero, en realidad, lo que de verdad se debería conseguir es una modificación del sistema de ponderación. ¿Qué pasaría si las elecciones directas mediante sufragio universal ponderado dejasen de ser ponderadas? Esto es algo impensable, pero lo que seguro que se lograría es una mayor participación del sector alumnos en las votaciones. Es muy triste que no se nos tenga apenas en cuenta. De más de 28500 componentes de la comunidad universitaria de la URJC, los alumnos somos 26096 y nuestro voto sólo contó un 21%.
Fruto de esta intrascendencia es el desinterés que hay entre los universitarios. Yo creo que muchos de mis compañeros votaron a “pito pito gorgorito”, y no sólo porque ninguno de los candidatos les convencieran sino porque ni siquiera se habían molestado en conocerles, ni en conocer sus propuestas. En Vicálvaro, Trevijano era el de la paella, Ríos el de los portátiles y Torrent el de romano. El desconocimiento era evidente y muchos de los alumno/as sólo se preocupaban por si volverían las fiestas a los campus de la Rey Juan Carlos.
Si tuviera que atribuir un calificativo a las elecciones de hace un año, las caracterizaría por la falta de realismo. El voto vino impuesto “desde arriba” por lo que en muchos casos no existió una libertad plena. Durante las elecciones lo que más importaba era la cantidad: más plazas de aparcamiento, más ordenadores, más campus, más profesores…Nadie se ha parado a pensar en la realidad, que tiene mucho que ver con el espacio y el presupuesto. Más vale que el cambio hubiera venido de la mano de la calidad, que es lo que más falta hace y en lo que menos nos fijamos.


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